El artículo original es de Carolina G. Huidogro, y como me interpreta al 100% me tomo la libertad de reproducirlo. Visiten también el post original:
En medio del desconsuelo por la insospechada derrota frente a Venezuela, más extraño a Bielsa. Si Chile hubiese ganado, esto que voy a decir podría sonar ridículo. Pero esta fatídica eliminación me abre un espacio para la nostalgia y para recordar lo que nos perdimos…
Se me viene a la cabeza una escena de la película de James Bond El mañana nunca muere, donde el malo le pregunta retóricamente a Bond: “¿Sabes cuál es la diferencia entre la genialidad y la locura?... el éxito”.
Yo extraño a Marcelo Bielsa -y aunque la Roja de Borghi hubiera tenido “éxito”-, porque sin necesidad de ser el malo de la película, Bielsa nos pavimentó el camino de un logro maduro y verdadero. Porque suya es la marca de ser moderado en el éxito y sólido en el fracaso.
Convengamos que este argentino excéntricamente serio tuvo mucho que ver con haberle enseñado a la actual generación magnífica que sin sacrificio y disciplina no se llegaba a ninguna parte. No nos olvidemos que cuando él tomó a la Roja, no le ganábamos a nadie, que Pinto Durán parecía un potrero y que los jugadores hacían más noticia por escándalos nocturnos que por sus pases gol. Recordemos que Harold Mayne Nicholls convenció y “fichó” a Bielsa -lo que no habían conseguido varios clubes grandes del fútbol mundial- porque le ofreció una misión más que el ejercicio de una profesión: impregnar al fútbol nacional de disciplina, respeto y humildad.
No es menor tampoco que haya llegado a implantar un esquema ultraofensivo 4-3-3. Pero yo lo extraño por motivos menos técnicos. Más filosóficos. Lo extraño porque eligió cruzar la cordillera para enseñarnos algo que venía rumiando hacía años en su ostracismo rosarino: que las casualidades y la mala suerte existen, pero que la voluntad humana puede más. Porque vino a mostrarnos el fútbol como escuela de vida, tal como escribió Ariel Senosiain en Lo suficientemente loco: “Bielsa se prepara para lo que le puede pasar y entonces nunca encontrará en la suerte un motivo. Enfrenta al destino, así como otras veces jugaba con él”.
Lo extraño porque se recluyó en Pinto Durán, trabajó obsesivamente, y planificó cada detalle. Y aquí encontró un terreno fértil para predicar eso que tanto le importaba, que los halagos de triunfo son una empalagosa “franela impostora” de la que se debe estar a buen resguardo con la mejor de las estrategias: el trabajo y el silencio. Extraño también eso, su carácter templado por los vaivenes del éxito y del fracaso, cuidadosamente desconfiado de los otros pero a la vez mesurado de sí mismo.
También lo extraño porque inyectó resultados y nos hizo tan felices llevándonos al Mundial con una clasificación histórica (segundos después de Brasil), y luego en Sudáfrica, con una digna llegada a segunda ronda.
Lo echo de menos porque, por una cuestión de coraje y convicción, abandonó la fiesta en su mejor momento. Nos supo decir adiós sin estridencias, pero de manera tan elegante. No me olvido que en ese extenso monólogo de despedida expresó sin pudor el enorme cariño por Chile, mostrándonos lo mejor de lo nuestro, con un discurso entrañable: “En esta tierra he sido injustamente querido (…) Considero mis tres años en Chile un regalo de la vida. Yo aprendí a amar la vida también estando aquí (…) Chile me ha hecho bien (…) aquí aprendí el valor de la moderación…”.
Lo extraño, y quiero extrañarlo, porque no buscó la eficiencia, sino la excelencia. Sin dar una sola entrevista y hablando lo justo, Chile se empapó con su espíritu y su elegancia. Con su arrojo en la cancha y también fuera de ella. Lo extraño porque nos entusiasmó haciendo su trabajo a la mayor gloria de Dios.
…Voy a extrañar esas apasionadas y extrañas convicciones.










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